Maryse Condé
Fue a África a encontrarse a sí misma, halló un continente que no le debía nada y escribió desde ahí.
El ascenso
Nacida en Pointe-à-Pitre el 11 de febrero de 1934, la menor de ocho hijos de una familia negra burguesa que la había criado para pensarse francesa, fue a estudiar a París y después a África Occidental. Siguieron doce años en Guinea, Ghana, Senegal y Malí; Ghana la expulsó por sospecha de subversión.
Lo que hicieron
Ségou (1984), en español Segu, contó desde dentro la caída del reino bambara y fue un superventas en Francia; Moi, Tituba, sorcière noire de Salem (1986), en español Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, devolvió los juicios de Salem a una mujer caribeña esclavizada y ganó el Grand Prix littéraire de la Femme. Enseñó literatura francófona en la Universidad de Columbia y, ya ciega, dictó sus últimas novelas a su marido traductor.
El cuadro completo
El Premio de la Nueva Academia que recibió en 2018 lo inventaron figuras de la cultura sueca, lo pagaron patrocinadores y una colecta en línea, sin vínculo con instancia Nobel alguna, y se disolvió aquel diciembre; el Nobel nunca llegó. Fue en una lista independentista a las regionales de Guadalupe de 1992, con derrota abultada, y mantuvo las distancias con la negritud y la creolidad.
Por qué importa
Rechazó todas las identidades que le tendieron —francesa, criolla, africana, negritud— y escribió en su lugar las decepciones que ni el Caribe ni el continente querían ver impresas.
“Me gusta repetir que no escribo ni en francés ni en criollo, sino en Maryse Condé.”